LA DECISIÓN DE AMARSE A UNO MISMO

EL SUFRIMIENTO: LA CARENCIA DE TI MISMO
 

¿Cuántas veces has sentido dolor y al mismo tiempo un rechazo casi inevitable a ello? ¿Cuántas veces frente a un llanto de separación has gritado a tu corazón por sentirte así? ¿Te resuena verdad, amor?

Yo, como tú, también he pasado por esos momentos en los que me juzgo y me doy de lado cuando parece que no me comporto como debería, cuando parece que siento cosas que no están bien, o cuando no alcanzo el deseo que creía necesitar. En todos esos momentos me doy de lado, y en esa inercia de darme de lado, de darme la espalda, sólo veo que pared y más pared. Un muro de soledad se yergue desde dentro y lo aísla todo. En ese momento no quiero ver nada, sólo quiero disolver ese sinsentido, pero la verdad es que a esas alturas ya no veo nada, pues estoy de espaldas conmigo y sin mí.

¿Cuántas veces tengo que hacerme la extraña para por fin reblandecerme el corazón con mi dolor? ¿Cuántas veces tengo que negar mi existencia para cubrir un puesto moral en mi mundo de apariencias? Quizás es tiempo de ahondar un poquito más en mi latido, en tu verdad. Quizás por eso brota este escrito, y quizás por eso, estás conmigo, leyéndolo. Puede que tengamos muchas ganas de gritar a nuestro corazón, pero no con críticas y reparos, sino con compasión. Quizás queremos lanzar un grito de salida, un grito de esos que suenan a verdad, a integridad, a humanidad encontrada.

Te hablo desde el pulso abierto

de la Libertad

 

¿Quién me dijo que no se podía llorar o que sufrir era algo que se tenía que evitar? ¿Evitar el qué?¿Amar? Porque, tras noches sin tregua y meses en condena perpetua sintiendo la incapacidad, me dispuse a escucharme, a escucharme como quién se reencuentra después de una larga tormenta. Y en esa escucha silenciosa conmigo, con mi ser, pude ver que escuchar el llanto, permitir la sed, abrirse al dolor que aparece a ritmo de punzadas, es el primer acto de amor después de un olvido.

Cuando te abres a permitir ese dolor, como un grito de libertad, como una voz que simplemente dice que te quieres encontrar de nuevo, las cosas cambien de rumbo. Ese giro de dejar tu espalda para las caricias y los besos y darte la vuelta hacía ti, es pura sintonía con la libertad. Con tu inconmensurable poder. Un poder que por más que haya pasado sigue intacto y brillando como el sol que no teme a la noche. Un poder que puede elegirse en cada tormenta, haciéndola agua bendita. En ese momento, estás contigo, y te honras. Sabes que no eres presa de nada, y eres partícipe de todo. Que puedes elegir ver las cosas de otra manera, siempre, siempre. Sólo tienes que dejar de huir y entonar tu melodía.

Entonces honras tu inconsciencia, tus creencias, tu elección a favor del sufrimiento. Honras esa razón y te sabes poderosa. Poderosa, de verdad. Eliges entonces soltar y sabes que puedes vislumbrar el amor en tu expresión. Que puedes perdonarte por todo lo que no te escuchaste, que puedes sostener ese miedo y dejar amanecer desde ti el anhelo de dejarte Ser. Puedes respirar. Hay esa posibilidad innegable, y ahora la vislumbras como el cielo.

Ahora tu dolor, ya no es un dolor pasajero que volvía cuando el mundo parecía no seguir tu curso. Ahora es una oportunidad, una señal que pide caricia y que puedo acariciar. Una increíble oportunidad para liberarme de otra mentira. Como las mentiras que ya he decidido afrontar desde el poder de amar, de confiar. No son palabras vanas. No hay nada que no pueda sanar, ni que me pueda avasallar. Son solo memorias que pueden tornarse en lo que siempre me pidieron: ámame. Vuélvete a recordar.

Te escribo desde la alegría.

Un cálido abrazo, lleno de paz.

Núria

PD: Te siento cada vez más libre

 

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