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Deja de guardarte para mañana. Ahora es tu momento.

Ú ltimamente estoy muy centrada en el compromiso. Pero no cualquier compromiso, sino el que tengo conmigo misma y con mi paz.

Hasta ahora había establecido muchos parámetros sobre lo que era el compromiso y lo que debía hacer una y otra vez para los demás. Pues de hacer todas esas cosas dependía en cierta medida mi estabilidad y mi bienestar, así como la demostración de mi amor. Sí, ese amor que tantas veces hemos nombrado “estoy lo hago por amor”, “cómo te amo lo haré por ti” “tranquila, no te fallaré”. Cuanto dolor hay impreso detrás de frases como estás. En el hecho de creer que hacer cosas por los demás o no hacerlas nos da un valor distinto, y no solo distinto, sino que nos hace merecedores de recibir aquello que deseamos de vuelta. A estas dinámicas ahora me nace decirles sacrificio, desamor o quizás podríamos nombrarlas trueque.

Atiéndeme un momento, atendiéndote a ti. Te propongo que leas este artículo desde este enfoque. O más que artículo, un compartir contigo sobre como nos sentimos, una vez tras otra. Todo lo que te diré es para que observes en ti como se desarrolla, y de esa manera puedas tomar otra decisión, si te apetece. Todo esto no está aquí para producir un rechazo o para que cambiemos nada. Es sólo para observarnos, así que vamos a ello.

¿Dentro de ti sientes algo así como un vacío? Una sensación de que aún no lo tienes todo, de que aún te falta algo para ser feliz, para sentirte bien contigo. ¿La sientes al igual que yo? Esa sensación en si misma no es nada malo , ni nada que tengas que evitar, ni mucho menos. Esa sensación es tu próxima bendición, si la miramos con delicadeza.

Ese vacío (o dile como tu quieras y sientas) es una llamada, una alarma, como esas que suenan en los negocios cuando alguien alieno a él entra para hacer de las suyas. Esa alarma nos está diciendo algo, y es a nuestro favor, al igual que pasa en el negocio. Gracias a qué suena, podemos ver que algo alieno a lo que somos ha entrado en nuestro territorio y podemos actuar desde ahí. Mirar de nuevo esa carencia, ese hueco (que a veces parece eterno) quizás es el punto de partida para descubrirnos completamente llenos.

Todo siempre nos está queriendo decir algo, siempre aparecen señales a nuestro favor. Incluso ese malestar que evitas, esa tensión que acumulas, ese llanto que reprimes. Siempre, siempre hay algo esperándote detrás. Son pequeñas grandes alarmas que nos dicen que atendamos, que miremos que es aquello que pensamos y que está invadiendo nuestra propia naturalidad. ¿Sí? Como pasa con esa persona que entra en un negocio que no es el suyo y de repente salta la alarma, este vacío del que hablamos aparece también por una razón. A la persona que entra para robar, le podemos preguntar porque lo hace. A nuestro vacío, también podemos atenderlo y comprenderlo.

"¿Realmente estás vacío, tú que puedes leer esto y compartirnos?.”

 

Seguimos con ese vacío, ¿o ya no está?.

A veces parece que desaparece. Justo cuando beso a esa persona que tanto me gusta, o como ese chocolate que me regaló mi hermana o disfruto de una tarde de película junto a unas amigas. O qué se yo, cuando me pongo a leer a mi autor preferido. En esos momentos, aunque me hables de vacío, la verdad que casi ni me resuena, estoy demasiado llena de alegría ahora mismo, eso no me interesa. Y está genial, así lo vivimos. Pero, en el fondo del fondo, en el fondo más allá de esa situación espumosa, de ese domingo de barbacoa o esas minivacaciones a la montaña, más allá de esa cresta de la ola, sabemos que nos estamos engañando un poquito. ¿Verdad? Sabemos, porque ya lo hemos vivido, y más de una vez, que después de ese bienestar, vuelve de nuevo el vacío, el sin sentido, el más de lo mismo. Y ahí en un momento de lucidez podemos constatar que en el fondo nada de eso que hicimos nos llenó realmente, que eran distracciones, cosas que nos gusta hacer porque nos hacen sentir bien, pero que al mismo tiempo nos mantienen en un vaivén de emociones sin resolver. Véase vaivén: balanceo, movimiento alternativo y sucesivo de un lado a otro.

Como cuando vamos en barco y vemos ese subir y bajar. Igual pasa en nuestra vida. ¿Y eso es casualidad? Ya hemos dicho que no, que nada es por azar. En ese barco de nuestra vida seguimos yendo de un lado a otro, ¿Pero para qué?¿Y desde dónde?

El vacío. El vacío del que llevamos unas cuantas líneas hablando, parece que nos guía en nuestro navío a hacer cosas, llenarnos de cosas. Un vacío que hemos empezado a vislumbrar como esa alarma que nos señala que algo ajeno está en nuestro hogar. Pero lo obviamos y pasamos a evitarlo. Hablamos de él, le damos la razón y cuando todo eso lo hacemos sin revisión, sin atención verdadera de lo que está ocurriendo, ese vacío hace de las suyas. O nosotros hacemos de las nuestras a través de él. Entonces esas cosas que hacemos parece que lo llenan, pero lo que estamos haciendo es llenarnos de justificaciones para seguir haciendo lo que hacemos. Una vez tras otra. ¿Por llenarlo a momentos sigue siendo menos vacío? Y más aún, ¿Su presencia niega en algún momento que yo esté en mi hogar?.

Compromiso. Así empezaba este compartir escrito. Con el compromiso con uno mismo. Ahora vamos a ver a qué me refiero con eso. Para mí, dejar mis pasos al ritmo del vacío es poner mi compromiso en el hacer, en el conseguir, en el crear mi felicidad a través de mis circunstancias. Este viaje es el que estamos viendo que no tiene ningún sentido. Pérdida de responsabilidad, de enfoque y siempre en el vaivén. El cambio, la paradoja, está en no negar ese vacío, pues lo sentimos, no? Parece que ha entrado en mi existencia, puedo constatar que está aquí. La alarma suena. Entonces, negarlo directamente no sirve de mucho. Es más bien, mirarlo más de cerca que nunca, interesándonos por nosotros. Así podemos empezar a ver como intento no sentirlo, como intento llenarlo, ver como intento fingir que no lo siento en lo más hondo. Ver todas esas artimañas y después, y sólo después de esta experiencia, tomar una decisión, o más que una decisión, permitir una acción de corazón: Amarme. Contemplar el cuadro entero y elegirme a mi, de lleno.

Entonces, cuando nos acercamos tanto a ese vacío, cuando lo miramos por lo que es, estamos completamente presentes, y desaparece el motivo de entrada. ¡Blup!ya no hay motivo para él, era una causa falsa, pues me había inventado (muy a conciencia, es cierto) que algo me faltaba, que yo no me amaba, y ahora que estoy yo atendiéndome totalmente, ¿Qué me puede faltar?¿Dónde está el peligro?¿Qué se me puede robar?

Lo hermoso que eres, lo bien que tú ya estás, de corazón, la felicidad que guardas en tu interior, no se puede negar totalmente y fingir después que lo llenas con cosas. Esas cosas nunca serás tú, y siempre te faltará. Entonces, aquí está el compromiso, con la verdad, con tu autenticidad, con tu motivo de verdad. Porque motivos podemos encontrar muchos para la infelicidad, ¿Pero son de verdad? Nos hemos inventado muchos motivos falsos, ideados, formas de pensar que parten del desamor hacía nosotros mismos, y ahora es el momento de evidenciarlos y escucharnos.

Atendernos, como antes te decía, atenderte mientras miras todo lo demás. Ese es el compromiso, contigo, con tu paz. Estar presente contigo. Darte cuenta de las veces que te niegas ya la felicidad y la buscas en los demás, en lo de ayer o en lo que vendrá. De darte cuenta de las veces que juegas a obviar que dentro ya lo tienes todo y te das la “vidilla” de encontrar en algún lugar algo que te pueda completar. De jugar a que entra un peligro en tu vida y puede robarte tu serenidad.

Ya eres, amor. Ya tienes dentro el no vacío, todo sentido. Y ahí, en esta condición, mental, real, natural, puedes depositar todos “tus esfuerzos”, tu dedicación. A verificar y aceptar que está dentro, y no la has de hallar más que en dónde realmente está. En tu verdadero hogar. Sin necesidad de más peligros y alarmas.

Un cálido abrazo,

Núria.

 

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