La fuerza de la convicción

La fuerza de la convicción

Hace apenas unos días algo ha resurgido en mí con intensidad. Algo que en cierta medida siempre estuvo ahí, pero tan sólo requería de un momento de honestidad verdadero. Por eso, no te voy a hablar de un cambio en sí,  sino más bien de una apertura consciente. Sin ir más lejos se trata de la fuerza imparable de la convicción.

Convencida, confiada, abierta o humilde, no importa la palabra, pues ahora mismo siento que son sinónimos. Sinónimos de presente y alegría. Sinónimos de simplicidad.

Quizás nunca has leído nada acerca de mí, quizás ni me conoces. Sea como sea, este breve artículo puede ser una bonita forma de hacerlo. Tú te encuentras justo aquí leyendo, yo también me encuentro justo aquí, explicando. Compartiéndote.

Hace ya algunos años que estoy inmersa en el mundo del autoconocimiento y el crecimiento personal, movida por un anhelo hermoso de sentirme y reconocerme, de comprender y vislumbrar que todo es mucho más sencillo.

Desde un inicio he tenido un firme compromiso con mi propósito, con mi caminar, pero también es cierto que he tenido muchas resistencias y momentos de desesperación que han hecho que el malestar asomara sin poder mirarlo por lo que es, sin tapujos. Estás dinámicas de negación, de no aceptación de lo que brota en el instante, siguen estando, pero ya no se experimenta igual. Y esto es lo que quiero relatarte. He empezado compartiendo que tengo un firme compromiso conmigo misma, y ahora viene la convicción que está resurgiendo.

 

“Estar comprometido es la apertura a la confianza. Y la confianza es el germen del compromiso. “

El dolor, la negación o cualquier estado que podamos tildar de inestable, ahora es visto por lo que es: un simple pensamiento que desea dar el grito principal, una simple replica que me hago a mi misma. Una falsedad inocente que puedo acoger y mecer entre mis brazos. ¿Y por qué ahora puedo abrazarlo?¿Sentirme bien con lo que brota? Mi respuesta es simple, pues la estoy sintiendo ahora mismo: se trata de la confianza. La confianza de que no soy nada de eso, y de que es profundamente inocente desear dolor, escasez y sufrimiento. La confianza de que no soy nada de eso, pero al mismo tiempo le doy forma. Y detrás de esa forma, está la verdad.  Me doy cuenta de que detrás de todas mis interpretaciones y mis “maneras de vivir”, existe una fortaleza inaudita. Una mirada que no entiende de rechazo o repulsión, sino más bien de inclusión. Ahora reconozco que detrás de mi dolor hay una nueva mirada dispuesta a aparecer si primero doy paso a la mirada personal. Sería algo así como: acepto que no sé, pero me abro a saber. O dicho de otra manera: veo mis pensamientos y no me los creo.

 

“Sólo sé que no se nada.”

 

En ese punto, surge la serenidad, el abrazar lo que esté sucediendo en ese momento. Confías en la Mirada, en la sabiduría innata que te acompaña. Entiendes que sucede aquello que es perfecto y no buscas alternativas empaquetadas y pensadas que puedan aliviarte nada. Ese camino nunca te llevo a la verdad. Ahora, sin nada que ocultar, te animas a mirar las cosas de frente, sin tapujos. Respetando tu sentir y aquello que deseas vivir. Lo miras, lo honras al decir sí, al no pretender modificarlo. Este acto de coherencia no es un mérito personal, ni mucho menos acumulado por el tiempo. Tan sólo es la disponibilidad gozosa de abrirse al amor ahora, dando un sólo paso: Tómame amor, en ti confío.

P.d: Y sí me encuentro no abrazando lo que brota y deseando huir, sigo apuntando a mi inocencia. A la convicción de que no se me exige nada, y se me respeta en la mentira.