Relaciones. ¿Quieres creer tu razón o descubrirte en el otro?

Relaciones. ¿Quieres creer tu razón o descubrirte en el otro?

Con decir relación ya empieza la curiosidad. Se abre nuestro apetito de saber y nuestro corazón parece latir más fuerte. A ver si por fin me cuentan el truco de las relaciones, porque yo ya no sé qué hacer con tanto despropósito. Que ahora van bien, que ahora van mal, que empiezan, que acaban, que me encienden, que me apagan. Pon luz a esto, por Dios.

De alguna manera u otra todos sentimos que en las relaciones se encierra un gran valor. También sentimos que este se nos escapa de las manos. Y ahí empieza el acierto.

Si intentas coger el sentido de una relación con tu propia perspectiva, empieza la tormenta del caos. Lo único que conseguirás con tu razón es verla por todas partes. Y creerse esa razón es lo que nubla el verdadero valor del nosotros.

Hemos creído muchas cosas sobre lo que una relación es, sobre lo que no es y sobre lo que bajo ningún concepto debería ser. Nos hemos armado de conceptos hasta las cejas, y desde ahí nos hemos relacionado a ciegas con el otro. No es de extrañar entonces que ante tal escena hayamos vislumbrado las relaciones saludables para otra vida.

 

¿Quieres creer tu razón o descubrirte en el otro?

Imagínate al otro con las manos detrás de la espalda. Empieza de nuevo la curiosidad. Se abre el apetito de saber y nuestro corazón late más fuerte.

Parece que tiene un regalo entre sus manos. Su regalo es para nosotros (si, ¡Un nosotros!), pero para abrirlo hay una condición: Ir más allá de mí ombligo. Y eso significa ver nuestro juicio reflejado en su figura y soltarlo para realmente ver su rostro. No puedo quedarme en la pura fachada de lo que estoy pensando de él, ya que sino sólo veré eso. La curiosidad quiere alcanzar ese nosotros que está entre sus manos.

Mi punto de vista nunca puede ver la inmensidad de la relación; esa inmensidad de la que llevamos rato hablando. No importa lo que parezca, lo que diga o lo que represente, el otro siempre trae un regalo consigo mismo. Y ese regalo nos espera justo en el punto en el que perdemos la razón y alcanzamos el corazón.